El jueves 16 de febrero tendrá lugar el próximo encuentro del grupo CRYSOL del Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas del ISTIC. El título del encuentro es "Charles de Foucauld y la resistencia solidaria"
Pensaremos juntos en torno a El olvido de sí, novela de Pablo d´Ors sobre la vida y el testimonio de Charles de Foucauld, referente imprescindible para la renovación en el siglo XXI de la experiencia de los padres del desierto.
Hora: 20:00
Lugar: Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC), Campus de Tafira
Entrada y salida libres
Este es el blog del Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC). El ISTIC tiene su sede de Gran Canaria en el campus Universitario de Tafira, en Las Palmas de Gran Canaria. La función de este blog es comunicar las actividades y seminarios organizados por el departamento tanto dentro como fuera de la comunidad de profesores y alumnos del ISTIC.
sábado, 28 de enero de 2017
"El olvido de sí" próxima sesión de CRYSOL
viernes, 20 de enero de 2017
El alma como mercancía
Uno
diría que apelar a la “inteligencia emocional” significa reivindicar la empatía
frente a una razón fría y abstracta. Curiosamente, al profundizar un poco en su
pequeña historia, encontraremos una concepción como mínimo cuestionable de la
vida interior. Según muestra la socióloga Eva Illouz en su librito El futuro del alma (Katz, 2014), la
inteligencia emocional es indisociable de la “gestión emocional”, expresión que
se ha difundido masivamente en las conversaciones cotidianas para hablar de
nuestros sentimientos de un modo que hubiese escandalizado al poeta John Keats
o a la novelista Jane Austen.
Durante
la década de los noventa, la “cultura” empresarial comenzó a considerar las emociones
un factor decisivo en la evaluación del rendimiento laboral. La psicología
aportó los estándares que servirían para cuantificar los grados de adaptación
del trabajador a las exigencias de la empresa. Las emociones eran tenidas en
cuenta como recursos que debían ponerse al servicio del proyecto y, por tanto,
ser controlados para no obstaculizar la entrega anímica a la productividad.
Un
empleado es calificado como inteligente emocional cuando canaliza sus estados
de ánimo en función de la maximización de beneficios. La melancolía o la
depresión no serán vistas entonces como necesarios procesos de duelo, momentos
de búsqueda personal o el anhelo de una vida diferente, sino experiencias improductivas
para todo “buen gestor”. Lo mismo diríamos de una compasión sin cálculo que se
saltara a la torera la competición de todos contra todos o un encuentro amoroso
que arrebatara al individuo un ápice de interés por rendir culto tanto a la
aceleración cotidiana como al imperativo asfixiante del ocio industrial.
Aunque
la retórica de la inteligencia emocional valora la cooperación, en realidad se
trata de la cohesión del grupo que compite a dentelladas contra otros grupos
empresariales. Eva Illouz no lo menciona, pero lo cierto es que, a partir de su
crítica, cabe desvelar las implícitas afinidades políticas del famoso libro de
Daniel Goleman, Inteligencia emocional.
Basta leer con atención el capítulo titulado “Los solitarios y los marginados”,
donde el autor culpabiliza a los inadaptados sociales de su propia relegación.
Ni siquiera tímidamente se le ocurre sugerir que las doctrinas neoliberales
consagran la ley del más fuerte. La inteligencia emocional podría acabar
funcionando entonces como una ideología de adaptación obsesiva a la sociedad de
mercado.
¿Qué implica el hecho de que la evaluación de
la gestión “correcta” de las emociones se deje cada vez más en manos de expertos?
La pérdida de autonomía y singularidad. La libertad para interpretar los
sentimientos fuera de la lógica del triunfo económico podría traer
contratiempos y, para quien se atreviese a forjar un carácter propio, el riesgo
de la marginación. La disyuntiva es endiablada, tal vez irresoluble. Si uno
reprime los sentimientos incompatibles con las exigencias mercantiles, evitará
sucumbir y seguirá integrado. Pero esa misma represión le hará perderse a sí
mismo y arrastrar su vacío interior como un zombie, un poco al estilo del
personaje de Edward Norton al comienzo del film El club de la lucha.
La gestión emocional no se queda en
los centros de trabajo o frente a la pantalla de tantos “trabajos inmateriales”,
como dice con enternecedor entusiasmo Toni Negri, sino que se traslada al tiempo
libre. Entonces, en aquellos ámbitos donde se suponía no iba a regir el fragor
de la concurrencia, se introduce el dictado de las emociones estratégicas. Las
etiquetas psicológicas colonizan la intimidad hasta el punto de que las propias
emociones se vuelven extrañas para quienes las viven. De ahí que se recurra
cada vez más a técnicos del alma como el coach
del amor.
El grado siguiente de
despersonalización se alcanza cuando el experto ya no es un profesional con
nombre, apellidos y titulación, sino una máquina. Las páginas de internet
dedicadas a la búsqueda de pareja refuerzan la formalización mercantil y por
tanto abstracta del amor. La propia Eva Illouz inscribe el análisis de esos
portales electrónicos en su disección del “capitalismo emocional”. La página de
contactos descompone nuestra individualidad en descriptores fosilizados:
“extrovertido, atlético, sano, no fumador, amante de la naturaleza”. Esta
captura sin resto en casillas y generalidades nos vuelve intercambiables y, por
eso mismo, tiende a cosificarnos.
Internet
da otra vuelta de tuerca a la complicidad entre psicología y consumismo. La
elección de pareja obedece al cálculo del consumidor que procesa información
para escoger, supuestamente, cada vez mejor. En ese sentido escribe Eva Illouz:
“Los encuentros en internet se convierten en transacciones económicas,
aceptadas como tales por los propios usuarios”. Sin embargo, la cosificación se
vuelve parcialmente consciente y por eso prolifera el cinismo. Como se sabe, adoptamos
una actitud cínica cuando comprendemos la falsedad o la ilusión de una acción,
pero al mismo tiempo no podemos evitar participar en ella.
El amor romántico de la literatura
del siglo XIX se caracterizaba, entre otras cosas, porque la lógica de la
mercancía quedaba suspendida o al menos enfrentada a alguna forma de resistencia.
En la inmersión romántica no hay un desmembramiento del individuo en
propiedades vendibles, sino un singular que despierta nuestra fantasía,
alimentada por la cultura y la memoria. Es verdad que el enamoramiento conlleva
una idealización fantasiosa, pero en relación con alguien que existe y es
único.
Unos
mínimos de singularidad y autonomía, la posibilidad de “experiencias no reglamentadas”,
como decía Theodor W. Adorno, están en peligro de extinción, si nuestras
propias emociones se han traducido a estándares objetivos por los que somos evaluados
en el trabajo y seleccionados o descartados sin esperanza en las páginas de
contactos. Quizá por eso los millones de retratos de internet recuerdan
vagamente a aquel gato de Alicia en el
país de las maravillas que exhibía una sonrisa sin rostro antes de esfumarse
y no dejar huella.
martes, 3 de enero de 2017
La vuelta de Ivan Illich
Durante
los años setenta, los libros de Ivan Illich fueron una referencia
para el pensamiento crítico. Sus análisis sobre la nocividad de la
sociedad industrial, la alienación tecnológica y los efectos
contraproductivos del desarrollo ilimitado del sistema de transportes
o de la salud sacudieron muchas certezas a derecha e izquierda.
Illich era un intelectual cosmopolita. Nacido en Viena en 1926 y
formado como teólogo, historiador y filósofo en Italia, fue cura de
la comunidad portorriqueña de Nueva York, vicerrector de la
Universidad Católica de Puerto Rico y fundador de una insólita
universidad alternativa en México, el Centro Intercultural de
Documentación (CIDOC).
Desde
1963, el CIDOC se convirtió en lugar de encuentro para la
intelectualidad crítica internacional. En sus seminarios autónomos
intervenían Erich Fromm, Paulo Freire, Paul Goodmann, André Gorz,
Octavio Paz, Peter Berger, Susan Sontag, Enrique Dussel, John Holt y
muchos otros. Con el impulso de estos seminarios en verdad libres,
pues no estaban sometidos ni a la innovación ni al mercado, Illich
escribió algunos de sus provocadores libros La
sociedad desescolarizada
(1971), La
convivencialidad
(1973), Némesis
médica: la expropiación de la salud
(1975).
A
partir de los años ochenta, Illich desapareció del horizonte
político y cultural. El CIDOC había cerrado sus puertas en 1976.
Muchos sobreentendieron que su pensamiento se había apagado igual
que los impulsos de la cultura alternativa y utópica de los sesenta.
No era así. El itinerante y políglota Illich continuó
profundizando en los temas y las preguntas que le habían apasionado
desde el principio. Durante los ochenta impartirá clases y
conferencias y, sobre todo, seguirá escribiendo, nunca aislado, sino
en intensa colaboración con investigadores independientes a quienes
se vincula con un extraordinario sentido de la amistad. Entre los
libros de entonces hay que mencionar la que tal vez sea su mejor
obra, En
el viñedo del texto
(1993). Vinculado a la universidad de Bremen en sus últimos años,
Illich fallece en esa ciudad alemana en 2002.
Sin
embargo, el olvido de Illich ha sido relativo. Su huella mantiene una
influencia subterránea. Pienso, por ejemplo, en su colaboración con
la pensadora feminista Barbara Duden o su eco de fondo en el filósofo
italiano Giorgio Agamben. Charles Taylor, autor de una obra
monumental sobre las transformaciones de la religión en la
modernidad, La
era secular
(Gedisa, 2015), afirma haber encontrado en el último Illich la clave
de su interpretación de la edad moderna. Esta no sería un proceso
de sustracción gradual de lo religioso, la secularización, sino una
traducción desviada de los valores del cristianismo.
En
cualquier caso, llama la atención su nueva presencia en las
librerías. A partir de 2006, Fondo de Cultura Económica comenzó a
editar sus Obras
reunidas,
con mejores traducciones que las publicadas por Barral en los años
setenta. Enclave Libros difundió en 2013 Conversaciones
con Ivan Illich. Un arqueólogo de la modernidad,
de David Cayley, larga y fascinante entrevista que proporciona una
visión del itinerario de Illich. En la misma editorial acaba de
publicarse una monografía sobre su pensamiento educativo,
Desescolarizar
la vida,
de Jon Igelmo Zaldívar. En 2012, el sello Virus reeditó La
convivencialidad
y el año pasado apareció en Díaz y Pons El
derecho al desempleo útil y sus enemigos profesionales
con un prólogo muy esclarecedor de José Manuel Naredo.
La
vuelta de Illich no es casualidad. La crisis económica, la crisis
ecológica o la crisis de los refugiados, a quienes Europa da la
espalda, son las caras de un proceso más profundo, “una crisis de
civilización”, como ha dicho Emilio Fernández Maíllo. La salida
no puede ser más de lo mismo. En su genealogía crítica de las
principales instituciones modernas y de la ideología del progreso,
Illich logró articular algunos rasgos de una sociedad futura mejor.
Esta posibilidad, creía, se hace menos remota en las crisis, pues
estas “pueden significar el instante de la elección, ese momento
maravilloso en que la gente se hace consciente de su propia prisión
autoimpuesta y de la posibilidad de una vida diferente”.
Según
Illich, a partir de la revolución industrial, hay que distinguir dos
tipos de instituciones: las manipulativas y las convivenciales. En
las primeras el valor de uso se ha convertido en marginal. Solo
importa el crecimiento independiente e ilimitado de las estructuras.
Las instituciones manipulativas “gestionan” al individuo como
mero recurso o material para su expansión (ahí tiene su origen la
fría retórica que hoy recomienda “gestionar las emociones” o
calcula el “capital humano”). Por eso debe emplear gran parte de
su mano de obra en producir necesidades ficticias. Por ejemplo, la
industria del automóvil genera la demanda de prestigio, velocidad o
confort más allá de todo criterio o medida sobre las necesidades de
desplazamiento y su satisfacción universalizable. Hay un umbral de
crecimiento a partir del cual las instituciones producen el efecto
contrario al que le daba sentido. La iatrogénesis, que remite a las
enfermedades causadas por el propio sistema de salud, tendría su
origen en la extralimitación de la lógica manipulativa.
Por
el contrario, las instituciones “convivenciales” se mantienen a
la altura del control y la libertad sociales, no colonizan la
autonomía personal, se detienen ante ciertos límites y están
siempre abiertas a ser sustituidas por alternativas. Como no son
fines en sí mismas, sino que están al servicio del individuo,
respetan su creatividad e imaginación. Las relaciones humanas
vuelven entonces a ser posibles como experiencias no planificadas ni
controladas por instancias impersonales.
No
es difícil constatar que la tendencia de las instituciones actuales
se orienta más a la función manipulativa que a la convivencial.
Basta tener en cuenta la respuesta de la “alta política” europea
a la crisis económica en curso. El reajuste del sistema y la “senda
del crecimiento” legitiman, con el oscuro argumento del sacrificio,
el sufrimiento de inocentes. Otro buen ejemplo son las redes sociales
de internet, donde la atención y la energía psíquica son modeladas
directamente según la forma de la mercancía. Frente a esta lógica
dominante, ¿en qué instituciones es posible rastrear hoy restos o
quizá anticipos de una dinámica convivencial? Es urgente pensarlo.
Por eso regresa Ivan Illich.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
Poema sobre la sesión "Experiencia interior y resistencia solidaria" de junio del 2016
David Rodríguez
Atrapado entre mis deseos, viviendo mi vida
en un mundo en ruta de colisión.
En busca de la soledad sonora.
Atrapado en mundo en ruta de colisión.
Sin brújulas, ni planes, ni certezas.
Sólo miles de rarezas y contradicciones internas.
Aprehendiendo a ejercer el poder de los sin poder.
En el silencio místico de la oscuridad iluminada.
Entre la locura y el saber, que se escapa
del desasimiento de la duda.
Sin etiquetas, ni escuelas, ni conocimientos fijos.
Atrapado en mundo en ruta de colisión.
Atrapado entre mis deseos, viviendo mi vida
en un mundo en ruta de colisión.
En busca de la soledad sonora.
Atrapado en mundo en ruta de colisión.
Sin brújulas, ni planes, ni certezas.
Sólo miles de rarezas y contradicciones internas.
Aprehendiendo a ejercer el poder de los sin poder.
En el silencio místico de la oscuridad iluminada.
Entre la locura y el saber, que se escapa
del desasimiento de la duda.
Sin etiquetas, ni escuelas, ni conocimientos fijos.
Atrapado en mundo en ruta de colisión.
Sobre el "mundo pantalla"
Orlando C. Guerra
El mundo actual piensa que la ciencia y la técnica
están al servicio del ser humano y que ambas facilitan la vida haciéndola de
manera más cómoda ante nuestros ojos. Pero en verdad, ¿qué es lo que tenemos
ante nuestros ojos?, pues el dominio opresor de la técnica y la ciencia, de tal
forma que lo hemos confundido con nuestro entorno convirtiéndolo en parte de
nosotros como una necesidad básica. Al hombre se la ha quitado su visión
periférica y se le ha anclado su mirada ante el hecho de que vivimos en un “mundo
pantalla”. Este dominio nos tiene tan oprimidos que apenas somos capaces de
quitar la vista de esos rostros electrónicos sin sentimientos ni expresiones
que han sustituido y modificado de forma radical nuestra manera de
relacionarnos.
Todo esto demuestra que estas relaciones tras una pantalla pueden carecer totalmente de sentimientos y verdad. Muchos ocultan su estado de ser y llegan a mentir, dando otra apariencia que en definitiva no es la que los define. Las relaciones cara a cara nos ponen a prueba con todas nuestras facetas al descubierto y hace que nos demos cuenta de cual son nuestras necesidades y nuestras prioridades. Existe un mundo “real” fuera de nuestras pantallas, que merece sin duda la pena vivir, el cual es más interesante y satisfactorio que ese mundo semi-virtual que hemos creado bajo el amparo de la técnica. Es hora de revisar lo que la técnica y la ciencia nos ha aportado como herramientas a nuestro servicio y descartar aquello que nos esclaviza, e incluso preparar un plan b para el día en que necesitemos hacer una revolución contra la técnica para que ésta quede derrotada, porque habrá muchos que la tienen tan asumida, que serían capaz de someter al resto de los hombres, con tal de sentirse siempre “conectados”.
martes, 10 de noviembre de 2015
El resurgimiento de la crítica artística ante el “nuevo espíritu del capitalismo”
Resumen de la sesión dedicada a El nuevo espíritu del capitalismo. Grupo CRYSOL
A continuación expondremos
brevemente la obra El nuevo espíritu del
capitalismo de L. Boltanski y E.
Chiapello a partir de las guías de lectura que desde nuestro equipo de
investigación CRYSOL se han propuesto como es la crítica a una sociedad que
impone categorías que aíslan socialmente al ser humano y ver una solución a
partir de la solidaridad.
En esta obra vemos un muestra de
la sociología crítica de Boltanski (la sociología por sí misma es crítica). Nos
encontramos ante un análisis del capitalismo en sus distintas fases y sus
respectivas críticas, enfatizando más estas últimas.
Los autores dirán que has dos tipos
de definiciones del mundo social dependiendo del término en que se lean: por un
lado, el de “clase”, que se utiliza para hacer lecturas macrosociales.
Podríamos decir que está categoría está obsoleta pues la sociedad del clase se
ha disuelto con el nacimiento de la “clase media”. El trabajo social consiste
en reinsertar a aquellos ciudadanos que están
por debajo de esta clase media. Por otro lado, existe el término “red”
que se utiliza para hacer una lectura microsocial. Divide la sociedad en dos: los
incluidos, aquellos que están conectados por otros, ligados a una cadena que es
la sociedad, y los excluidos, aquellos que han roto sus vínculos con los demás,
han sido enviados a los márgenes de la red, son inútiles para el mundo.
Este modelo de red se iniciará en
los años ochenta como una nueva dinámica capitalista basada en la explotación
entendida como diversas formas de alejamiento con respecto a la esfera de las
relaciones laborales, siendo los excluidos los parados de larga duración que no
consiguen beneficiarse del Estado de bienestar y el progreso económico.
Esto conlleva un problema en la identificación de la víctima. En el modelo
de clases, la explicación de la miseria del proletariado descansaba en la
designación de una clase (burguesía), ellos serían los responsables de la
explotación. Sin embargo, el modelo de la exclusión permite señalar una
negatividad sin pasar por una acusación: los excluidos no son las víctimas de
nadie por lo que se sustituirá la denuncia por el sentimiento: hay que ser
solidarios pero ¿quién es el verdugo?
Estamos ante lo que los autores
llaman el tercero espíritu del capitalismo. El primero, del siglo XIX, es un empresario
fuerte y omniabarcador. Entre guerras conoceremos el segundo espíritu, la empresa
centralizada. En el “tercer espíritu del capitalismo” se rechaza cualquier apunte jerárquico o de
centralización. El modelo de empresa es de equipo autoorganizado y su
herramienta es el pensamiento positivo (contratación de couchings). Hace una simbiosis con el modelo democrático.
Descrita ya brevemente la
situación actual de la sociedad pasamos ahora a los elementos que comportan la
crítica: primario, el elemento emotivo-sentimental donde reside la fuente de la
indignación y secundario, el elemento reflexivo, teórico, argumentativo, es la
lucha ideológica como tal. La crítica
debe elaborar una traducción de la indignación al marco de las teorías críticas
para proporcionarle en un momento posterior una voz.
Los autores subrayan la
importancia del elemento primario, sumado al enorme protagonismo que juega aquí
el optimismo juvenil, de no aburguesarse en la injusticia. Se enumeran cuatro
fuentes de indignación: como fuentes de desencanto; de opresión; de miseria y
desigualdad y de oportunismo y egoísmo.
Aquí entran los dos grande tipos
de críticas: la artística y la social. Por un lado, la crítica artística
rechaza el desencanto resultante de los procesos de racionalización y
mercantilización del mundo capitalista. Por otro lado, la social trata de
resolver el problema de las desigualdades y la miseria.
¿Cuándo se darán estas dos
críticas de una manera armoniosa, efectiva y equilibrada (la crítica artística
siempre ha estado bajo la sombra de la crítica social, viendo esta última como
más práctica y la artística como más abstracta)? En el famoso mayo del 68.
Vemos por un lado a los
estudiantes, una comunidad que aumentó después de la Segunda Guerra Mundial y
su lucha nace de la indignación de la muerte de sus esperanzas de futuro y
demandan autonomía.
Por otro lado, vemos a los
obreros que luchan contra la explotación capitalista. Es una demanda de
seguridad contra el poder de los monopolios y las oligarquías.
Es en el 68 donde nace una nueva
época para la crítica social que llegará hasta los setenta y ochenta, será una
crítica ofensiva llevada a cabo por la clase obrera por medio de movimientos
sindicales potentes y representativos. Esto se acabará con la llegada de
gobiernos socialdemócratas, los agentes de la crítica se convierte en lo que
han criticado, será a partir de los ochentas cuando veremos una crítica social
que se reduce a ayuda humanitaria y un sindicalismo desorientado y con menos
representación.
Viendo que la crítica social está
en plena crisis y que el espíritu del capitalismo vive una mutación que le hace sobrevivir a esta crítica oxidada, los
autores apuestan por estudiar y enfatizar la crítica artística, tan olvidada
y marginada a lo largo de la historia.
La obra empieza achacando a la
crítica artística de quedarse en los axiomas del siglo XIX (la denuncia de la
moral burguesa, de las estructuras conservadoras, etc.) y de venderse a los
medios de comunicación que tanto espacio le dio sobretodo en la década de los
cincuenta y que incluso ahora se atreven a denunciarlos.
Para salvar a la crítica artística
hay que replantear sus temas fundamentales como son la libertad y autenticidad
partiendo de las nuevas formas de opresión y mercantilización.
Por un lado, la libertad: ¿sigue
teniendo sentido denunciar la falta de libertad en la sociedad de red, de
movilidad ilimitada? La respuesta es afirmativa pues en el seno de esta
movilidad ilimitada se halla la nueva explotación y marginación con que la
crítica artística debe luchar. Esta sociedad de red, el nuevo espíritu del
capitalismo, crea nuevos dispositivos de control. Por lo tanto, la crítica
artística debe frenar el ritmo de las conexiones explotadoras y excluyentes. Es
decir, romper la defensa dogmática que tienen estos dispositivos de control.
Por otra parte, reformular la
crítica para buscar la autenticidad, limitar la extensión de la esfera mercantil para que no exista una
mercantilización de lo humano. Es una exaltación a la dignidad del ser humano
frente a la esclavitud del consumo y la productividad. En este sentido, podría
haber una alianza entre la crítica artística y la ecológica, la cual ve que
todos los seres tienen un valor en sí. En esta alianza también se puede hacer
un hueco a la dimensión antropológica de las tradiciones bíblicas y de formas de
vida comunitaria como las de las órdenes religiosas de la Iglesia, que pueden contener
recursos para una renovada crítica de la sociedad mercantilizada y ser inspiración
para formas de vida alternativas basadas en la solidaridad y la transformación cultural
profunda.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Ayuda económica para morir
[Publicado en Exit! 10/1/2012]
Robert Kurz
En la ideología de la doctrina económica popular el dinero es un eficaz medio auxiliar para abastecer a la sociedad de manera óptima con bienes y servicios. Justo por eso debe ser esencialmente, en sentido económico, un mero «velo» sobre la producción y la distribución real. En cambio, Marx ha mostrado que el dinero, en tanto medio de valorización del capital, es un fin en sí mismo, un fetiche que ha sometido a dominación la satisfacción de las necesidades concretas. Solo se producen bienes de consumo reales cuando sirven al objetivo del aumento de dinero; en otros casos, la producción se detiene aunque sea técnicamente posible y satisfaga necesidades humanas importantes. Esto se hace especialmente visible en los ámbitos de la atención a mayores o el sistema de salud, que en sí mismos no son portadores de la valorización del capital, sino que han de ser financiados con sus beneficios. Desde un punto de vista puramente objetivo, habría suficientes recursos para abastecer a una población creciente de personas inactivas con alimentos y asistencia médica. Pero, bajo el dictado del fetiche monetario, esa posibilidad no es «financiable».
El cuidado de ancianos y enfermos está subordinado indirectamente al dictado abstracto de la valorización. En condiciones financieras difíciles estos son «economizados». Esto significa que deben comportarse según criterios económicos funcionales para poder participar en la corriente monetaria. Incluso el diagnóstico médico se convierte ahí en una mercancía que está bajo la presión de la competitividad. El objetivo no es la salud y el bienestar de la gente, sino el «doping» para la «eficiencia», por un lado, y la administración de las enfermedades, por otro. El ser humano ideal desde el punto de vista de las instituciones sería un luchador olímpico en su puesto de trabajo (para hacer crecer el producto social), que al mismo tiempo puede ser definido como enfermo crónico (para llenar las arcas del sistema de salud) obligado a apartar puntualmente la cuchara (a fin de no convertirse en una carga para el capitalismo).
La propia ciencia médica ha tachado este coste de la cuenta. Ha sido objetivamente tan exitosa que cada vez más personas viven por encima de la edad de trabajo. Esto es un ejemplo especialmente claro de que el desarrollo obligado de las fuerzas productivas no es conciliable con la lógica capitalista. La «coacción muda de las circunstancias» (Marx) genera por ello una tendencia a destruir de algún modo los logros objetivos de la medicina. La producción artificial de pobreza tiene entonces un efecto preventivo. Así, en la República Federal de Alemania, desde 2001 hasta hoy, la esperanza de vida de las personas con menos ingresos ha disminuido de 77’5 a 75’5 años. Quienes no ganen el suficiente dinero para asegurarse un mínimo vital a pesar de trabajar toda la vida bajo la presión de la eficiencia, se encuentran en la vejez tan extenuados que no pueden sacar provecho de las posibilidades de la medicina. Pero también el acceso a las medicinas depende cada vez más del poder adquisitivo del comprador. Como los hospitales griegos están en bancarrota, las empresas farmacéuticas han detenido el abastecimiento de medicamentos contra el cáncer, el SIDA y la hepatitis; también han interrumpido el envío de insulina. Esto no es un caso especial, sino la imagen del futuro. Como mínimo, a los pobres y a los «superfluos» se les indica, con toda la objetividad propia del asunto, lo mismo que el rey de Prusia, Federico, rugía a aquellos de sus soldados que huían del campo de batalla: «Perros, ¿acaso quieren vivir eternamente?»
Traducción del grupo CRYSOL
Traducción del grupo CRYSOL
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