LA ASIGNATURA MÁS IMPORTANTE: Brillante artículo de JUAN MAYORGA, Premio Nacional de Literatura Dramática 2013, publicado en EL PAÍS el pasado 27 de Octubre.
"No se me ocurre que pudiera ofrecerse en nuestros colegios e institutos una asignatura más útil que aquella que ayudase a los chavales a pensar cómo usamos las palabras y cómo somos usados por ellas. Una asignatura que les diese a conocer la historia de unas cuantas palabras importantes –Verdad, Razón, Ciencia, Belleza, Justicia, Bien, Mal, Dios, Libertad, Progreso, Democracia, Nación, Historia…– y los diversos intereses a que han servido a lo largo de los tiempos. Una asignatura, sí, donde meditar sobre la relación entre la palabra Tiempo y todas las demás palabras. Una asignatura en que examinar cómo esas palabras se abrazan o se enfrentan, cómo esconden o se esconden, cómo devoran otras o son engullidas por otras. Una asignatura donde preguntarse qué tienen que ver el lenguaje, el dinero y la guerra. Una asignatura en que indagar quiénes y por qué eligen las palabras con las que pensamos, las palabras en las que vivimos. Esa asignatura tendría entre sus primeros asuntos el significado del verbo ‘educar’. Se ofrecería en cada curso y en las mejores horas de cada curso, porque ninguna exigiría tanto de profesores y alumnos. Y al acabar el bachillerato, todos tendríamos que seguir estudiándola, porque nunca se nos aprobaría. A una asignatura así, la más urgente, podríamos dar el nombre de aquella otra que el Ministerio de Educación ha decido arrojar al trastero de cachivaches inútiles. Podríamos llamarla Filosofía".
Este es el blog del Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC). El ISTIC tiene su sede de Gran Canaria en el campus Universitario de Tafira, en Las Palmas de Gran Canaria. La función de este blog es comunicar las actividades y seminarios organizados por el departamento tanto dentro como fuera de la comunidad de profesores y alumnos del ISTIC.
lunes, 18 de noviembre de 2013
jueves, 7 de noviembre de 2013
La iglesia canaria
Sergio Domínguez-Jaén
Si quieren conocer un poco mas la realidad histórica de las Islas Canarias, les recomiendo que lean un breve texto, ameno, preciso en cuanto a datos y bien escrito, como es la reciente Brevísima guía de la Diócesis Canariense-Rubicense de José Miguel Barreto Romano (Anroart, 2013).
Y es así por dos motivos fundamentales, a saber: por su autor y por la estructura del texto. El autor, que cursó estudios eclesiásticos en el CET de Las Palmas y es doctor en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, es también coautor del tomo 24 de la Historia de la Diócesis de Canarias, de la Biblioteca de Autores Cristianos. Actualmente trabaja en las voces referidas a la Diócesis de Canarias, en el Diccionario de Historia Eclesiástica del CSIC. Y por la estructura del texto, indexada en voces donde desarrolla el tema y concluye con una agradecida y documentada bibliografía de urgencia, en la que atiende tanto a autores de referencia obligada y clásicos como a otros con aportaciones actuales, en las que se incluyen autores canarios.
El libro marca un interesante recorrido desde la presencia de los primeros cristianos en las Islas hasta la actualidad, recogiendo episodios no por conocidos menos importantes, como la presencia muy temprana de frailes y obispos en las Islas. Época esta de nebulosa aproximación y no menos rica y sorprendente en matices entre mitologías y perseverancia evangélica, primera aculturación en el Atlántico por los europeos de la palabra occidental.
El doctor J. M. Barreto ya ha publicado varios libros sobre el devenir de la iglesia católica en Canarias, centrando su análisis e investigación en los movimientos cristianos que cimentaron una forma de ver y sentir la realidad canaria que dio sus frutos en la presencia importante de numerosos cristianos en la vida pública y la política, en las artes o en las ciencias, desde la universidad al gobierno canario. En esta aportación a la historia de hombres y mujeres en la acción social está una de las claves de la realidad política canaria actual y a la que hay que acudir para entender un poco más las tensiones sociales en las Islas.
Y en cuanto al breve sigue aquella imprescindible aproximación que rescató a muchos autores del olvido y publicó interesantes textos que recogían la actualidad cultural, así como apuntes de historia, arqueología, arquitectura o patrimonio, como fue la colección La guagua o, la para mí entrañable, Breve noticia histórica de las Islas Canarias de mi querido profesor de literatura Joaquín Blanco.
Si quieren conocer un poco mas la realidad histórica de las Islas Canarias, les recomiendo que lean un breve texto, ameno, preciso en cuanto a datos y bien escrito, como es la reciente Brevísima guía de la Diócesis Canariense-Rubicense de José Miguel Barreto Romano (Anroart, 2013).
Y es así por dos motivos fundamentales, a saber: por su autor y por la estructura del texto. El autor, que cursó estudios eclesiásticos en el CET de Las Palmas y es doctor en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, es también coautor del tomo 24 de la Historia de la Diócesis de Canarias, de la Biblioteca de Autores Cristianos. Actualmente trabaja en las voces referidas a la Diócesis de Canarias, en el Diccionario de Historia Eclesiástica del CSIC. Y por la estructura del texto, indexada en voces donde desarrolla el tema y concluye con una agradecida y documentada bibliografía de urgencia, en la que atiende tanto a autores de referencia obligada y clásicos como a otros con aportaciones actuales, en las que se incluyen autores canarios.
El libro marca un interesante recorrido desde la presencia de los primeros cristianos en las Islas hasta la actualidad, recogiendo episodios no por conocidos menos importantes, como la presencia muy temprana de frailes y obispos en las Islas. Época esta de nebulosa aproximación y no menos rica y sorprendente en matices entre mitologías y perseverancia evangélica, primera aculturación en el Atlántico por los europeos de la palabra occidental.
El doctor J. M. Barreto ya ha publicado varios libros sobre el devenir de la iglesia católica en Canarias, centrando su análisis e investigación en los movimientos cristianos que cimentaron una forma de ver y sentir la realidad canaria que dio sus frutos en la presencia importante de numerosos cristianos en la vida pública y la política, en las artes o en las ciencias, desde la universidad al gobierno canario. En esta aportación a la historia de hombres y mujeres en la acción social está una de las claves de la realidad política canaria actual y a la que hay que acudir para entender un poco más las tensiones sociales en las Islas.
Y en cuanto al breve sigue aquella imprescindible aproximación que rescató a muchos autores del olvido y publicó interesantes textos que recogían la actualidad cultural, así como apuntes de historia, arqueología, arquitectura o patrimonio, como fue la colección La guagua o, la para mí entrañable, Breve noticia histórica de las Islas Canarias de mi querido profesor de literatura Joaquín Blanco.
domingo, 3 de noviembre de 2013
M. BALMARY – D. MARGUERAT, Iremos todos al paraíso. El juicio final en cuestión, Fragmenta, Barcelona, 2013.
Juan Francisco Comendador
Arquitectos y
escultores recrearon el instante del Juicio Final con todo lujo de detalles en
los pórticos de las imponentes catedrales medievales. Esta disposición
artística respondía a una estrategia pastoral –cura animorum- a la que
el biblista Daniel Marguerat se refiere como retórica del terror. Hoy en día, sin embargo, la preponderante
imagen del Dios-Amor parece haber enterrado definitivamente esa obsoleta imagen
del Dios-Juez, y consecuentemente, dicha retórica habría perdido su capacidad
persuasoria.
La presente obra,
escrita a dos manos entre un biblista perteneciente a la Iglesia Evangélica
Reformada, y una psicoanalista procedente de un humus cultural católico, trata
de responder a la pregunta por la pertinencia de semejante representación hoy.
¿Hemos de renunciar a la idea del Juicio Final? ¿Hemos de renunciar al
pensamiento de una retribución acorde a nuestros actos? Si señalamos la
afiliación religiosa de los autores no es por mera curiosidad. La respuesta a
dichos interrogantes presenta matices diversos en cada uno de ellos que, a
nuestro entender, se hallan coloreados por su particular adscripción
confesional. Pero quizá esto no sea lo más importante.
Daniel Marguerat, que
es quien inicia y sostiene esta “conversación” –en la medida que los análisis
minuciosos y del todo singulares que Balmary realiza se apoyan sobre las
cuestiones suscitadas por Marguerat- expresa en el siguiente párrafo la que a
nuestro juicio es la idea fundamental del texto:
«Diría
del Juicio Final que es una ficción fundadora que engendra responsabilidad y no
culpabilidad. La Iglesia medieval se sirvió de él para infundir el terror de
las condenaciones eternas; unos profetas de mal agüero amenazan hoy con el
Juicio para alimentar un discurso de fin del mundo. De manera muy diferente,
Jesús, el narrador de las parábolas, lo puso al servicio de una retórica de la responsabilidad» (p.
147).
Se trataría, por tanto
de entender la imagen del Juicio Final como sintagma de una retórica de la
responsabilidad –una exhortación o llamada a la acción- y no ya como
catalizador del terror. En cualquier caso el juicio no pasa de ser una imagen
que persigue conseguir un efecto. Entender el juicio como retórica significa
desposeerlo de su realidad fáctica en cuanto hecho presente o futuro.
El psicoanálisis
encuentra dificultad en aceptar esta retórica de la responsabilidad, a juzgar
por las objeciones que plantea Balmary. El Juicio Final y su correspondiente
imagen de Dios-Juez, ejercen de instancia “super-yoica” (“el juez interior”), y
así se convierten en objeto de estudio para los teóricos del psicoanálisis.
Pero en el nuevo marco de esta retórica de la responsabilidad, esto es, en
cuanto representación que induce a la responsabilidad, plantea un interrogante
profundo: ¿acaso la responsabilidad es el único elemento que dinamiza la
(re)construcción del sujeto? Precisamente uno de los capítulos - ¡escrito por
el biblista!- lleva por título Nacimiento
del Sujeto. Y es precisamente en este punto, quizá, donde la filiación
confesional de los autores se deja notar: el subrayado de la responsabilidad
parece un matiz propio de la Reforma. Balmary cierra el libro con un capítulo
que ejerce de contrapunto (católico) a esta visión: Gloria.
Pero, ¿por qué no
prescindir de la imagen del Juicio? ¿Por qué empeñarnos en mantenerla, por qué
reivindicarla, cuando en realidad agoniza, si es que no ha muerto ya? En este
asunto, ambos autores parecen concordar: cuando la idea del Juicio Final – una
representación que otorga la última palabra a Dios, o al menos se la quita al hombre-
ha desaparecido del horizonte, entonces cualquier ser humano puede usurpar el
puesto de Dios y se arroga el derecho de juzgar a otros seres humanos. A este
respecto, no podemos dejar de mencionar las siguientes palabras, de nuevo
escritas por Marguerat:
«La
creencia en el Juicio de Dios es el último amparo ofrecido contra los
depredadores del misterio de uno mismo. Al reservar a Dios la última palabra,
la verdad última sobre los seres y sobre el mundo, el horizonte del Juicio es
una herida permanente infligida al deseo del mundo de replegarse sobre sí mismo
y de autodefinirse» (p. 64).
Pero además, la idea
del Juicio se haya presente en los textos fundadores de la tradición
judeocristiana, de tal manera que si pretendiéramos cancelarla, el sentido global
de las Escrituras se vería profundamente trastocado. Los evangelios, en
especial el de Mateo, contienen innumerables dichos y parábolas que dicha idea:
la parábola de los talentos, la cizaña y el trigo, el administrador infiel,
etc. El análisis profundo y minucioso de estas parábolas, tanto por parte de
Marguerat como de Balmary, es desde luego uno de los brillantes tesoros expuestos
en estas hermosas y pertinentes páginas.
viernes, 25 de octubre de 2013
Las palabras y las realidades espirituales, de Ebner. Nota-Resumen de la primera sesión del seminario
Daniel Barreto
Para
Ebner, el idealismo filosófico, dominante en la cultura occidental, significa
la identificación ilusoria del yo con la realidad. El idealismo es la ficción
de un solipsismo integral. La imaginación aparece como el instrumento del solipsismo. La figura del genio logra plenamente esta identificación gracias a
la potencia excepcional de su imaginación.
La salida del idealismo sólo es
posible al descubrir la condición verdadera de la palabra. La palabra verdadera
es espiritual. Esto no significa la huida del mundo hacia lo etéreo, sino la
aparición de los pronombres Yo y Tú. La palabra verdadera es la que nombra y
realiza la relación entre Tú y Yo. Habría por tanto, para Ebner, un uso
idealista (que llama incluso “pecaminoso”) del lenguaje y un uso espiritual.
El sentido espiritual —verdadero y
originario— proviene de la relación de Dios con el hombre. Por eso la forma
originaria del lenguaje es la plegaria. El lenguaje que descubre la relación
entre pronombres —el lenguaje espiritual— es el origen de lo humano. Ebner
habla del lenguaje como arranque de la hominización. De la palabra viene que el
hombre libere las manos y llegue a ser bípedo.
Para Ebner, este descubrimiento del
lenguaje espiritual se expresa de forma paradigmática en la persona y la
escritura de Kierkegaard, el único genio que no habría hecho un uso idealista
de su genialidad. El carácter excepcional de Kierkegaard reside en que
construye su obra como expresión de su “yo concreto” y no como la ficción de un
discurso sobre el “yo ideal”. La expresión del yo concreto tiene como
consecuencia el descubrimiento del lector igualmente como un “tú concreto”,
real.
La obra de Kierkegaard condensa una
experiencia espiritual del lenguaje. La espiritualidad de la palabra coincide
con la concreción del yo y el tú. Lo espiritual lingüístico es lo individual
concreto en relación.
Esto es igualmente válido para el
ámbito generalmente identificado con la experiencia espiritual, a saber, la
vida interior. Los pensamientos espirituales de la vida interior son aquellos
que recuerdan al Tú. Dicho de otra manera, lo espiritual en la vida interior
del hombre es el recuerdo del Tú. De ahí la aparente paradoja que supone
afirmar: lo espiritual de la vida interior tiene su origen fuera del individuo.
En el debate destacaron las
siguientes cuestiones:
1.Ebner
plantea una filosofía alternativa del lenguaje que rompe con el idealismo, con
el lenguaje reducido a explicación o reflejo de la realidad, como agente
sometido a la razón. Sin embargo, esta alternativa repite el mismo menosprecio
del idealismo filosófico hacia la figura del animal. Tanto la tradición
idealista como Ebner afirman que la inferioridad del animal reside en su
incapacidad para la palabra. ¿No hay aquí una sujeción de Ebner al idealismo
que critica?
2. La
revelación del Tú como origen del lenguaje y la crítica del idealismo como
reducción al Ello, a objetividad impersonal, llevan a plantear la siguiente
hipótesis: ¿En qué medida el mundo pronominal del aparato psíquico descrito por
Freud está ciego al Tú como origen del lenguaje?
3. En
una sociedad totalitaria, ¿qué significa la resistencia interior, la conciencia
del individuo que se opone a la tiranía? ¿En qué medida su resistencia o su
libertad interior están vinculadas al recuerdo del Tú?
jueves, 3 de octubre de 2013
Las palabras y las realidades espirituales. 1ª Sesión del seminario "Nuevos lenguajes en el Cristianismo"
El 23 de octubre a las 20:00 retomamos las sesiones de trabajo del Seminario "Nuevos lenguajes en el Cristianismo", iniciativa del Departamento de Filosofía del ISTIC.
Nuestro próximo tramo de estudio versará sobre Las palabras y las realidades espirituales. Fragmentos Pneumatológicos (Caparrós, Madrid), del pensador austriaco Ferdinand Ebner.
El lugar de reunión, como de costumbre, será la sala de reuniones del Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas del ISTIC.
En breve enviaremos por correo electrónico los textos escaneados de la primera sesión.
Saludos cordiales y buen comienzo de curso,
Juan Francisco Comendador y Daniel Barreto
sábado, 7 de septiembre de 2013
No sólo de pan
Juan Francisco Comendador
El Papa Francisco ha
convocado para hoy una jornada de ayuno y oración con el fin de evitar la
previsible e inminente guerra en Siria. Su Santidad no conoce eufemismos ni
retóricas políticas de carácter mesiánico: llama a la guerra por su nombre, y
en consonancia con sus antecesores, se muestra un ferviente impulsor de la paz.
La violencia sólo engendra violencia, y exige ser aplacada con nuevos e
implacables estallidos: es la lógica demoníaca del mundo que se impone sobre
los buenos deseos y el sentir común. José Bergamín, en una conferencia titulada
La importancia del demonio, responsabiliza
al ángel caído de esta sucesión de crímenes impunes que, suscitando un temor
justificado, parecen dar un sentido a la historia. Como la mirada nostálgica de
«el Ángel de la Historia» (W. Benjamin), que continúa su vuelo olvidando a las
víctimas de sus piruetas.
Llaman la atención las
armas elegidas por Francisco para librar su batalla contra la intervención
militar: el ayuno y la oración. Por lo extemporáneo y la aparente inutilidad
política de tales prácticas religiosas. Un cierto espíritu cínico vería en
semejante propuesta un cándido infantilismo papal. El mismo Jesús parece
cancelar definitivamente el valor religioso del ayuno cuando afirma eso de que
«a vino nuevo, odres nuevos» ante quienes le reprochaban que sus discípulos no
ayunaban ni oraban (Lc 5, 33-39). El ayuno y la oración que lo acompaña
aparecen a nuestra acomodada conciencia como rémora de un pasado no tan lejano:
un ejercicio espiritual algo vintage.
¿Y si lejos de una pose
estética, de un superfluo ejercicio ascético o piadoso, el ayuno y la oración
se revelasen como verdaderos instrumentos políticos que expresasen la
insumisión ante la lógica demoniaca que responde a la violencia con más
violencia? El ayuno consiste en la renuncia al alimento, que es el bien
primario sobre el que se fundamenta el poder y su dinámica: el deseo insaciable
de poder descansa sobre el temor al hambre. «No sólo de pan vive el hombre»,
responde Jesús al tentador que trastoca el temor inconsciente a la inanición en
una sed de dominio ante la que es preciso tomar postura, definirse. Pecar –
caer en la tentación- consiste en dejarse arrastrar por este impulso de
dominación, por naturaleza violento, que tiene su origen en una especie de horror vacui biológico.
La oración remite al
silencio, que es la ausencia de palabras, una ausencia empero comunicativa, y
casi siempre de mayor elocuencia. «Es preciso castigar a quienes han empleado
armas químicas contra la población civil…». En estos días asistimos a los
intentos de forjar un sujeto con autoridad moral para conjugar el verbo
«castigar». Ni la Onu, ni el parlamento británico, ni el presidente de los
Estados Unidos de América, un personaje por definición de naturaleza mesiánica
y redentora, se han erigido –de momento- en sujetos capaces. Este pudor
gramatical revela una impotencia que nos recuerda que quizá hay palabras que no
pueden ser dichas, porque ya no existe el sujeto que las pronuncie.
Me parece de lo más
razonable que el Papa se acuerde con frecuencia del demonio, y lo traiga
colación a propósito de esta y de tantas otras guerras. Lo demoníaco es tan
simple y tan terrible como un pronombre personal, o un trozo de pan por el que
todos luchan sin tregua. El ayuno y la oración declaran una suspensión de la
lógica atávica de nuestras civilizadas políticas, permitiéndonos atisbar el
perverso mecanismo que las sostienen. A día de hoy, no se me ocurre un arma más
eficaz, para neutralizar su poderoso efecto sobre nuestras conciencias.
martes, 9 de julio de 2013
PSICOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO Y MORAL DESDE LA LUMEN FIDEI
Agustín Ortega
Una de la realidades esenciales y
transversales de la primera encíclica del Papa Francisco, Lumen Fidei (LF, La Luz de la Fe)-aunque elaborada en muy buena
medida por Benedicto XVI-, es la que trata sobre el conocimiento (cf. LF
26-28). Siguiendo la tradición y el magisterio de la iglesia, LF nos muestra
como la fe es razonable, como hay que ponerla a dialogar con la razón y la
cultura (LF 32-34). “La fe y la
razón se refuerzan mutuamente” (LF 32) Lejos de todo fanatismo y
fundamentalismo, “la verdad de un amor no se impone con la violencia, no
aplasta a la persona.
Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal
de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece
en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al
contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es
ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la
seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo
con todos” (LF 34)
Como ya se
observa, el conocimiento que busca la verdad, desde la fe para los cristianos,
nos solo nos hace comprender (cf. Is 7,9 en su versión griega), no es una
mera cuestión intelectual, teórica o nocional (conceptual); sino que dicho
conocimiento y comprensión se inter-relaciona asimismo con el subsistir (como
dice el texto hebreo de Is 7,9), esto es, con la vida, con la existencia, defiende y promueve la vida. Ya que el
Dios de la fe es un Dios de vida, fiel a su promesa de alianza y vida
liberadora con el pueblo (cf. LF 23). De esta forma, este conocimiento de la
verdad no puede caer en un idealismo (intelectualismo), en un individualismo o
relativismo. Y se orienta al conocimiento de la verdad global “que explica la
vida personal y social en su conjunto” (LF 25). A su vez, “es una
cuestión de memoria, de memoria
profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir
unirnos más allá de nuestro « yo »
pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede
ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común” (LF 25). En la línea de lo mejor de la filosofía o
pensamiento actual, el conocimiento y la verdad que plantea la LF tienen una
perspectiva integral, que abarca a la persona en comunidad, al ser comunitario
y social en el tiempo, en la realidad histórica, que contempla la memoria del
pasado, de la historia y cultura de la humanidad.
Este conocimiento
y verdad, como se ve, supone una antropología y psicología integral donde se inter-relacionan las diversas dimensiones de lo
humano. La razón y la psique, con sus sentimientos y afectos, se fecunda
mutuamente, y se entrelazan con la verdad, con la realidad, con los otros. En
la línea de la última encíclica de Benedicto XVI, Caritas in Veritate (CV), “amor y verdad no se pueden separar.
Frente a un amor individualista,
encerrado en sí mismo, la verdadera afectividad consiste en salir del
aislamiento del propio yo, para
encaminarse hacia la otra persona para construir una relación duradera; el amor tiende a la
unión con la persona amada. Y así se puede ver en qué sentido el amor tiene
necesidad de verdad. Sólo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede
perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme
para dar consistencia a un camino en común.
Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los
sentimientos y no supera la prueba del tiempo. El amor verdadero, en cambio,
unifica todos los elementos de la
persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena. Sin
verdad, el amor no puede ofrecer un vínculo sólido, no consigue llevar al « yo
» más allá de su aislamiento, ni
librarlo de la fugacidad del instante para edificar la vida y dar fruto. Si el
amor necesita la verdad, también la verdad tiene necesidad del amor. Sin amor,
la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da
sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca” (LF 27)
La LF nos presenta así un
conocimiento e inteligencia real, verdadera que comprende de una forma co-relacionada
la razón, la realidad (personal, social e histórica), y sus mediaciones como
son la filosofía y las ciencias sociales: con los sentimientos y afectos como
el amor, la compasión, etc. En la línea de lo mejor de la psicología actual, es
un pensamiento o conocimiento e inteligencia emocional y sentimental, ética y cultural, social y ecológica, en
definitiva, global y espiritual “desde
la escuela del corazón” (cf. LF 31), en lo más valioso asimismo de la tradición
ignaciana. “El amor mismo es un conocimiento, lleva consigo una lógica
nueva.
Se trata de un modo relacional de ver
el mundo, que se convierte en
conocimiento compartido, visión en la
visión de otro o visión común de todas las cosas” (LF 27). En línea
similar a la filosofía y antropología de pensadores significativos,
personalistas…como X. Zubiri. I. Ellacuría, K. Rahner, E. Mounier, G. Rovirosa,
etc. es una inteligencia sentiente, que se realiza desde los sentidos, desde el
conocimiento experiencial, encarnado en el ver y escuchar, palpar, sentir, amar…la
realidad y el mundo, a los otros y al otro (cf. LF 29-31) Como nos muestra hoy
el pensamiento, es el conocimiento e inteligencia cálida, cordial, desde el corazón
que “es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de
la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad,
la afectividad. Pues
bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en
él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos
transformen en lo más hondo” (LF 26). Desde la fe cristiana en el seguimiento y
vida en Jesús, el Dios Encarnado, es un conocimiento espiritual de la encarnación. “La luz de la fe, unida a la
verdad del amor, no es ajena al mundo material,
porque el amor se vive siempre en cuerpo
y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida
luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia,
confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de
comprensión cada vez más amplio” (LF 34).
Así, nuestro
conocimiento y verdad en dialogo con la fe, con la razón y la ciencia (cf. LF
34) está constituido en la realidad, en la existencia y vida moral, tal como se expresa en el
decálogo, en la ley moral y espiritual que nos libera “del « yo »
autorreferencial, cerrado en sí mismo, y entra en diálogo con Dios, dejándose
abrazar por su misericordia para ser portador de su misericordia. Así, la fe
confiesa el amor de Dios, origen y fundamento de todo, se deja llevar por este
amor para caminar hacia la plenitud de la comunión con Dios. El decálogo es el
camino de la gratitud, de la respuesta de amor” (LF 46). En la línea de la psicología moral, del desarrollo humano y ético, con autores
tan significativos como Piaget, el dinamismo del conocimiento y la moral
consiste en irnos liberando de nuestra egolatría e individualismo. Y, de esta
forma, abrirnos a los otros, trascendernos a la humanidad y al mundo, en los
valores y realidades más universales como la justicia y el bien común, la
compasión y cuidado con los otros, con los que sufren; el cuidado, defensa y
promoción de la vida-dignidad de todo ser humano. Efectivamente, el conocimiento y verdad en la fe “no sólo se
presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación
de un lugar en el que el hombre pueda convivir
con los demás” (LF 50). Siguiendo el
corazón de la tradición bíblica y eclesial, y en la línea de lo más valioso de
la epistemología (de la teoría, psicología y sociología del conocimiento), el
conocimiento y la verdad en la fe, “por
su conexión con el amor (cf. Ga 5,6)” se realiza en la praxis y
“servicio concreto de la justicia, del derecho y de la
paz. La fe nace del encuentro con el amor originario de
Dios, en el que se manifiesta el sentido y
la bondad de nuestra vida, que es
iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor,
en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de
la fe permite valorar la riqueza de las relaciones
humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro
tiempo” (LF 51).
Como nos enseña la
tradición bíblica y eclesial, continuando con la CV (cf. Los nn. 1-7) de Benedicto XVI, el conocimiento y verdad de
la fe en el amor no se puede separar del compromiso por la justicia (social) en
el mundo, del carácter público y político de caridad, de la fe que, inseparable
de la promoción de la justicia, busca el
bien común. “La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su
fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el
arte de la edificación, contribuyendo al bien
común. Sí, la fe es un bien para todos,
es un bien común; su luz no luce sólo
dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para
construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el
futuro con esperanza…Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez
edifican, en la caridad, una ciudad
construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios.” (LF
51). Esta fe en el servicio a la justicia y al bien común favorece un
matrimonio, una familia e hijos o juventud en el amor fecundo y que da vida, en
la fidelidad y en el compromiso. “Los jóvenes manifiestan la alegría de la fe,
el compromiso de vivir una fe cada vez más sólida y generosa. Los jóvenes aspiran a una vida grande. El encuentro con
Cristo, el dejarse aferrar y guiar por su amor, amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida
que no defrauda. La fe no es un refugio
para gente pusilánime, sino que ensancha
la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena
ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte
que todas nuestras debilidades” (cf. LF
52-53).
El conocimiento y verdad
en dialogo con la fe, pues, “ilumina todas las relaciones sociales. Como
experiencia de la paternidad y de la misericordia de Dios, se expande en un camino fraterno… ¡Cuántos beneficios ha
aportado la mirada de la fe a la ciudad
de los hombres para contribuir a su vida común!
Gracias a la fe, hemos descubierto la dignidad
única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo….” El
conocimiento y la verdad de la fe nos da
“el criterio para distinguir lo que hace preciosa y única la vida del hombre y evita que éste pierde
su puesto en el universo, que se pierda en la naturaleza, renunciando a su responsabilidad moral, o bien que
pretenda ser árbitro absoluto, atribuyéndose un poder de manipulación sin límites.” Y “nos hace respetar más la naturaleza, pues nos hace reconocer en ella una gramática escrita
por él y una morada que nos ha confiado para cultivarla y salvaguardarla; nos
invita a buscar modelos de desarrollo que no se basen sólo en la
utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don del que
todos somos deudores; nos enseña a identificar formas de gobierno justas, reconociendo que la autoridad viene de Dios para
estar al servicio del bien común. La
fe afirma también la posibilidad del perdón,
que muchas veces necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y compromiso; perdón
posible cuando se descubre que el bien
es siempre más originario y más fuerte que el mal, que la palabra con la que
Dios afirma nuestra vida es más profunda que todas nuestras negaciones. Por lo
demás, incluso desde un punto de vista simplemente antropológico, la unidad es superior al conflicto; hemos
de contar también con el conflicto, pero experimentarlo debe
llevarnos a resolverlo, a superarlo, transformándolo
en un eslabón de una cadena, en un paso más hacia la unidad. Cuando la fe se
apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con
ella, como advertía el poeta T. S. Eliot: « ¿Tenéis acaso necesidad de que se
os diga que incluso aquellos modestos logros / que os permiten estar orgullosos
de una sociedad educada / difícilmente sobrevivirán a la fe que les da sentido? ». La verdad de la fe aumenta
la confianza entre nosotros, nos libera
del miedo, y promueve la estabilidad…, da consistencia
a las relaciones humanas. La fe ilumina
la vida en sociedad” (cf. LF 55)
Y este conocimiento y verdad de la fe en el amor, paz y
justicia, en un desarrollo humano, social e integral, frente a todo egoísmo e
interés individual, frente al afán de beneficio e injusticia: se realiza desde
el sufrimiento de la humanidad, desde lo que padecen y sufren. “La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo” (LF 57). En el camino de la entraña de la
fe y de la santidad de la iglesia, ahí tenemos por ejemplo el testimonio de San
Francisco de Asís (cf. LF 57), el conocimiento y verdad se realiza desde el
amor y justicia con los pobres, en la memoria sufriente de las víctimas. Los
pobres, oprimidos y excluidos son criterio o clave esencial de una fe que
ilumina, salva y libera en el bien, en la justicia y fraternidad. Tal como nos
Revela el Evangelio y su iglesia. “Una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en
ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para
darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, « inició y
completa nuestra fe » (Hb12,2). El sufrimiento nos recuerda que el
servicio de la fe al bien común es
siempre un servicio de esperanza, que
mira adelante, sabiendo que sólo en Dios, en el futuro que viene de Jesús
resucitado, puede encontrar nuestra sociedad cimientos sólidos y duraderos. En
este sentido, la fe va de la mano de la esperanza porque, aunque nuestra morada
terrenal se destruye, tenemos una mansión eterna,
que Dios ha inaugurado ya en Cristo, en su cuerpo (cf. 2 Co 4,16-5,5). El dinamismo de fe,
esperanza y caridad (cf. 1 Ts 1,3; 1
Co 13,13) nos permite así
integrar las preocupaciones de todos
los hombres en nuestro camino hacia aquella ciudad « cuyo arquitecto y
constructor iba a ser Dios » (Hb 11,10),
porque « la esperanza no defrauda » (Rm 5,5). En unidad con la fe y la
caridad, la esperanza nos proyecta hacia un futuro cierto, que se sitúa en una
perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día. No nos dejemos robar la
esperanza…” (LF 57).
Como se observa, es un conocimiento y verdad
encarnada, profética desde el
sufrimiento e injusticia que padece la humanidad; frente a todo ídolo, como la
riqueza y el poder-encarnados actualmente en el (ya global)
neoliberalismo/capitalismo que es inmoral-, que deshumaniza y oprime al ser
humano, que excluye a los pobres. Un conocimiento en la verdad que se realiza
en la promoción de la justicia, del bien común y en la esperanza que libera y
salva de todo mal e injusticia. El conocimiento esperanzado y liberador con los
pobres de la tierra, que nos abre al futuro humanizado, fraterno de que otro mundo y globalización es posible, más
solidario, justo y fraterno, con más vida. Lo que culmina en la felicidad
trascendente, en la vida plena, eterna. De todo ello, María, la madre de Jesús,
es modelo y paradigma (cf. LF 58-60).
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